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Me vuelvo al Godó

mayo 14, 2012

Las organizaciones son un fiel reflejo de sus dirigentes. Así es y así ha salido el Master de tenis de Madrid, o Mutua Madrid Open, llámenlo como quieran.

Desde el incomprensible capricho de la pista azul hasta el abuso de autoridad de unos simples guardas jurados, todo en la Caja Mágica huele a mafia, a búsqueda de dinero, de poder, a todo excepto a tenis.

Desde que pisé por primera vez los entresijos de este evento, justo con la inauguración en la Caja Mágica, me sorprendió el trato que los tenistas, en especial ellas, recibían por parte de los organizadores. Quien, como yo, piense que ellos son las estrellas y  el torneo gira en torno a sus deseos anda muy desencaminado. Están más cerca del minero bajo el mando de un capataz, que del actor bajo cuyos pies se rinde todo el equipo.

No digamos el trato al público. Para empezar, si quiero ver la final he de comprar dos entradas. La que quiero y otra para otro día. Pongo mala cara pero aun así, pago dos entradas (por cada miembro de mi familia). No seré yo quien les quite la ilusión.

Llega el día. Uno llega hasta el confín del mundo, en un barrio en el que dejar el coche se convierte en una osadía, y lo primero que se encuentra es que no se le permite introducir la comida en el recinto. Pasada la primera rabieta entras dispuesto a comprarte un bocadillo dentro a sabiendas de que pagarás un alto precio por él. Pero ni siquiera puede encontrarse algo decente que llevarse a la boca y a la pista, a menos que pertenezcas al colectivo VIP que, eso sí, no tiene ningún interés en pisar la pista salvo para salir en la foto.

Ya hemos malcomido, entramos en el recinto, pista central, oh la lá, nuestra entrada de primera fila , 150 euros más otra entrada, está en el gallinero dada la ocupación de palcos. Colectivo VIP de nuevo.

Me he dejado el teléfono en el coche. Voy corriendo antes de que alguien lo vea y me quede sin teléfono y sin coche. Nuevo obstáculo: No puedo salir del recinto. No me pueden dar ni una pulsera, ni un sello, nada. Apelo a la humanidad del señor que está en la puerta: “quédese con mi cara, por favor, necesito ir a por el teléfono”, “No tengo otra cosa mejor que hacer. Si sale, no vuelve a entrar a menos que compre otra entrada”. Sin comentarios.

Vuelta para la pista central, un montón de gente espera en la puerta el cambio de pista. Tanta, que yo entro cuando el árbitro dice “Time”. No me da tiempo a subir a mi sitio y agarro un palco vacío. En el 3-2 (ó 4-1) me cambiaré. Pero llega el 2-2 y aparece la familia del palco echándome de mala manera. A ellos sí se les permite entrar antes de que los jugadores se sienten. “Está jugando Monfils” dice uno. Es la semifinal entre Berdych y Del Potro.

Setecientas personas trabajan gratis por amor a este deporte, bien para ver partidos, bien para estar cerca de sus ídolos. Son los voluntarios. No todos son gente “formal”. Alguno intenta ir más allá de sus competencias, pero son minoría. La mayoría dedica tiempo y dinero (algunos son de fuera y se pagan hotel), para hacer su trabajo. Sin embargo, y pese al dinero que ahorra la organización con estos puestos, son tratados como lo peor del torneo. Aun así aguantan, pero el penúltimo día salta la chispa: Les acaban de comunicar que no podrán acceder a pista central en semifinales y final.

Algunos no han salido de la oficina en toda la semana. Sólo sueñan con la final y les dicen, cuatro meses después de haber sido seleccionados, que no la podrán ver porque todas las entradas están vendidas y
no caben. Tras discusiones, amagos de “huelga” y negociaciones, aparecen por arte de magia 400 entradas para repartir. Menos mal que todo estaba vendido.

Podríamos escribir un libro sobre el torneo y sus defectos pero ya saltamos directamente al último tema: Rafael Nadal. Por él se pagan esos 160 euros de entrada, por él viene gente desde Cádiz hasta Vigo, desde Austria a Marruecos. Pierde en segunda ronda, gajes del oficio. Pero aún hay que oir al señor Tiriac tratarlo como si librase una batalla personal contra él y decir que el torneo puede existir sin él porque ya estaba antes. Claro que sí pero, ¿cuánta gente lo conocía o pasaba por allí? ¿cuánto costaba entonces una entrada?.

No es objeto de este post hablar sobre Nadal o la pista azul. A mí particularmente me parece mucho más fea y fría que la roja y oí a muchos jugadores quejarse durante los entrenamientos. Tampoco noto que la bola se vea mejor por televisión, pero es su torneo y puede hacer lo que considere con él. Lo que no concibo es que un señor empresario no vea, o no quiera ver, de dónde le viene la facturación. Ojalá Nadal no acuda el año que viene y note la diferencia.

Por mi parte, lo dicho: Me vuelvo al Godó. Allí sí saben de tenis.

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